domingo, 24 de noviembre de 2013

Heaven.

Clop. Clop. Clop.

Las gotas que resbalaban por mi brazo han empezado a caer al suelo; oigo pasos en la escalera, alguien sube, sé que probablemente no se dirige a mi habitación, pero reacciono automáticamente. Retiro la sangre fresca del suelo, me pongo una toalla en el brazo y me tapo con la manta. Ahora soy normal, soy la de siempre, sumergida en un libro escogido al azar y probablemente puesto al revés con las prisas, disimulando, hace tantos años que lo hago, que se ha convertido en una costumbre, forma parte de mí al igual que mi pelo o mi piel. Ya es algo natural para mí.

Para el resto del mundo no. Para el resto del mundo es algo horrendo, terrorífico, para ellos soy un monstruo. No entienden que encuentre el consuelo a mis problemas sangrando, que rechace cualquier otra solución como hablar con alguien, llorar, beber o evadirme leyendo o con la música.

No soy capaz de hacer actividades normales, ni de relacionarme con gente nueva. Solo "hola, ¿qué tal?". Creo que hace un par de meses que no tengo una conversación profunda, hace meses que no hablo de mí misma, que no cuento a nadie mi historia, ni quiero hacerlo. Para lo único que sirve es para que la gente sufra o se aleje. No quiero que nadie más se vea implicado, me parece demasiado cruel y egoísta por mi parte.

Prefiero estar sola a esto, y, al mismo tiempo, me da miedo quedarme sola y dejar que todo esto acabe conmigo.

-

Soledad. Vacío. 
Sé que nadie va a quererme nunca. ¿Cómo lo van a hacer? Incluso la gente que dice hacerlo sé que se siente obligada a decírmelo. Creen que así alargarán un poco más mi vida, que me hacen sentir mejor.

Para nada.

Sé que doy asco, que relacionarse conmigo implica introducirse en una espiral de dolor, preocupación  y agobio. ¿Qué se puede esperar cuando hablas con alguien cuya única meta es morir cuanto antes? 

"Fea. Desastre. Penosa. Patética. Carga. Muérete ya."

Son solo palabras, ¿verdad? Las palabras no matan. Pero las cuchillas sí. Sangre. La sangre resbalando por mi piel es lo único que me tranquiliza. La promesa de una muerte tranquila. El sueño de no volver a despertarme nunca, de dejarlo todo atrás, de que todo acabe. Cada corte es más profundo que el anterior y ya ni siquiera me importa que se me vean. Siento que me voy consumiendo a cada segundo, ya no queda nada de mí, estoy reducida a partículas microscópicas, lo único que queda es el dolor y el odio.

El odio hacia mi misma, la repulsión ante mi imagen, las ganas de rajarme el cuello y acabar con todo, las cadenas que me atan a personas que ni siquiera me importan ya. Nada me importa, ya no sé si sigo aquí por ellas o porque no tengo cojones de matarme de una vez. Siempre he pensado que todos estarían mejor sin mí, y aquí estoy, dependiendo de una persona que juega conmigo como quiere. Me doy cuenta y sigo ahí, como si cuando todo acabe pudiese usarlo como excusa, como gota que colme el vaso, aunque luego se sentiría culpable y en consecuencia yo seguiría torturándome.

Cada "¿Qué te pasa? Por favor, no hagas nada, te quiero, estoy contigo." se me clava como un maldito cuchillo afilado. No puedo soportar la idea de importarle a alguien, que una persona sufra por mí es algo demasiado grande para hacerme a la idea. Cada corte, arañazo, golpe o insulto a mí misma es como si estuviese apuñalando a esa persona, traicionando su confianza, destrozando todo lo que había conseguido.

No valgo nada, absolutamente nada. Estoy vacía por dentro. Existen personas por las que daría la vida que ya no me parecen suficiente razón para seguir viviendo, que estarían mejor sin mí, que comenzarían a respirar con mi último aliento. ¿Quién soy yo para impedirles ser felices? ¿Quién soy yo para atarles? ¿Cómo va a atarles alguien que pretende suicidarse en un futuro cercano?