Siempre empieza igual.
Una llamada. El número de su madre. Me extraña, pero lo cojo. A los 5 segundos, el móvil cae al suelo y caigo yo con él. Me quedo completamente helada. El sudor frío se apodera de mí, comienzo a temblar y a llorar.
Siento como si me hubiesen arrancado las entrañas, como si me hubiesen matado a base de puñaladas. Me retuerzo en el suelo, rota, el dolor se apodera de mí como nunca lo ha hecho en estos 19 años. ¿Qué va a ser de mí sin la persona más importante de mi vida?
Me voy directamente al tanatorio, sin avisar a nadie, no tengo tiempo, al llegar, veo a todo el mundo paralizado y hecho trizas, no conozco a casi nadie, pero entro, no me importa quién haya. Y ahí está ella. Más pálida de lo normal, metida en un ataúd abierto. No soy capaz de creérmelo, todo parece una broma, un mal sueño. Caigo en redondo de nuevo y empiezo a gritar y dar golpes al suelo mientras me ahogo con mis propias lágrimas y la ansiedad me controla. Intentan sacarme de ahí, pero es imposible, me aferro con todas mis fuerzas porque quiero estar con ella hasta el final. Alguien se acerca y me abraza, no puedo dejar de sentir que me estoy rompiendo, que mi propia vida se escapa de mis manos y se va donde quiera que ella esté ahora.
Me dan una pastilla de sabor extraño que consigue frenar mis temblores, pero las lágrimas no cesan, no soy capaz de distinguir quién llega o quién se va, solo distingo el contorno de la caja, no me importa nada más. Recibo continuas llamadas que no respondo, hasta que llega la suya, preguntándome por ella, solo puedo responder entre sollozos que es mi culpa y que lo sentía muchísimo. Él empieza a llorar, y yo solo puedo decirle que lo siento una vez más antes de colgarle y volver a resquebrajarme.
La culpa se apodera de mí. Debería haberle hecho más caso, haber ido cada vez que necesitaba a alguien, aunque dijese que no, debería haber hecho mucho más por ella, pero mis propios problemas no me dejaban, no puedo dejar de pensar que todo es culpa mía y que ahora no puedo hacer nada para remediarlo, que ya no volveré a ver su sonrisa, sus ojos, que no volveré a abrazarla ni a escuchar su voz, que no podremos compartir ni un segundo más juntas. No logro recordar en qué momento la dejé escapar, todo está fuera de mi control.
Pierdo varias veces el conocimiento, e inesperadamente llega el momento de despedirme de ella para siempre. Todo está repleto de personas completamente desconocidas, y solo me apetece gritarles que se vayan, que ella no aguantaría tanta falsedad a su alrededor, ella era demasiado pura para eso, era mucho mejor que cualquier otra persona, y nadie sería capaz de ocupar su lugar, nadie. Nadie iba a ser tan especial para mí como ella, nadie me daría las ganas de vivir.
Ahora estoy sola. Es mi culpa, todo es culpa mía. Me siento demasiado vacía como para merecer seguir respirando. Sé que a ella le gustaría que siguiese adelante, pero no puedo ni dar dos pasos seguidos. Ella era todo. Toda mi vida.
De nuevos los sudores fríos, un sobresalto. Y me despierto. Me despierto para volver ahogarme entre lágrimas recordando el mal sueño y pidiendo al universo que nunca se haga realidad, que nunca tenga que pasar por ello.
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